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Beneméritas anécdotas: Mi primera inspección ocular
04/05/2019

Beneméritas anécdotas: Mi primera inspección ocular

Mi paisano Juan, excelente persona y bético hasta la médula, sería quien me contara otra curiosa anécdota que le ocurriera personalmente cuando apenas llevaba unos días en su primer destino como guardia alumno. Dicho relato, como veremos a continuación, tuvo también como protagonista principal a uno de los caimanes que trabajaba en su cuartel.
Juntos, caimán y aprendiz, mientras patrullaban por las tierras sevillanas de su demarcación, se les comunicaba por transmisiones la necesidad de acudir a una parcela donde presuntamente se había producido un robo. Tras dar el «recibido» a la central, se dirigieron al lugar para ver qué había ocurrido.
«Lo más seguro es que haya que hacer una inspección ocular del robo», comentó el caimán. Juan, a sabiendas de que asistiría a la que sería su primera diligencia de este tipo, se encontraba muy ilusionado a la vez que nervioso.
Ya en la parcela, y mientras el joven agente revivía mentalmente algunos capítulos de la famosa serie norteamericana C.S.I., para poder estar a la altura y dar la talla en su bautismo de fuego, observaron en la cancela de entrada de un pequeño terreno que también contaba con un coqueto caserío, a unas cuatro personas muy enfadadas por lo ocurrido y casi pidiendo explicaciones a los guardias por lo sucedido. Parecía que los agentes eran los culpables. Por su parte, el caimán, al verlos, afirmó: «Vaya telita, otra vez esta gente». Juan, extrañado, preguntó acerca de quiénes eran estos señores pero no obtuvo respuesta. 
Por suerte, su experimentado compañero pronto tomó las riendas de la situación y supo lidiar con estos ciudadanos. Directamente, desde que se bajó del coche, comenzó a explicarles que no se preocupasen por lo sucedido, pues se tomarían huellas y se recogería cualquier vestigio que pudiera inculpar a los causantes del robo. Las víctimas, algo más calmadas, les dejaron entonces trabajar.
Y se pusieron manos a la obra. El caimán se dirigió a su novato compañero advirtiéndole que no pisara ni tocara nada sin su permiso y que se pusiera detrás de él. Juan, advertido, hacía sólo lo que le decía su Grissom particular teniendo muchísimo cuidado de no destruir involuntariamente ninguna prueba. Así, ambos guardias, guantes de látex en mano y bien metidos en el papel, se dedicaron a recorrer la parcela en busca de pruebas. Juanito, temeroso, pisaba sobre las huellas que había dejado su compañero para no meter, nunca mejor dicho, la pata. En cuanto al caimán, tomaba fotografías de la escena del robo con su teléfono móvil mientras daba órdenes a su compañero tales como:
– ¿Ves ese candado roto?, cógelo… Coge esa piedra grande, que creo que es la que se usó para romper el cristal… Coge ese trozo de tela roto…
–De acuerdo –respondía Juan a cada una de las preguntas mientras metía cuidadosamente las pruebas en una bolsa de papel cedida por el equipo de Policía Judicial.
Concluida la inspección ocular, el veterano agente se dirigió a los dueños de la finca indicándoles que las pruebas serían enviadas para su análisis al Servicio de Criminalística de la Guardia Civil, iniciándose a continuación una investigación por lo ocurrido. Hecho esto, los agentes se dirigieron al coche de patrulla para abandonar el lugar no sin antes escuchar alguna tontería de los denunciantes.
Juan, ya montado en el vehículo oficial y contentísimo por haber asistido a su primera y muy meticulosa inspección ocular, emprendió el camino hacia el cuartel con su experimentado maestro que, apenas unos quinientos metros después de iniciar la marcha, espetando una casi ininteligible frase tal que «¡Anda y a tomar por culo!», cogió la bolsa en la que estaban todas las pruebas y que Juan custodiaba con muchísimo cuidado y la tiró por la ventanilla del coche diciendo «¡Anda hombre, tanta tontería ni mierda…!», cayendo está en la cuneta del camino por el que circulaba la patrulla y desparramándose todas las pruebas en un radio de 10 metros.
Totalmente sorprendido por los acontecimientos, Juan optó mejor por no decir nada. Sería su compañero quien le sacara de dudas instantes después.
Parece ser que dicha familia ya había denunciado haber sufrido robos en otras ocasiones, tanto en la parcela que los guardias habían visitado como en otras posesiones que tenían repartidas por la demarcación, siendo todas denuncias dudosas y, algunas, aparentemente falsas. Entonces, el caimán, recurriendo a una batería de preguntas, explicó a Juan lo acaecido en aquel lugar.
– ¿No te has dado cuenta de que no era gente corriente?, ¿que lo único que han hecho es culparnos a nosotros desde que llegamos al lugar? –interrogó el caimán.
–Ya, ni que hubiéramos robado nosotros –contestó su pupilo, aún patidifuso.
–Además, ¿no te has dado cuenta de que el candado había sido roto con las tenazas que había justo al lado y que el dueño de la finca corrió a quitarlas de en medio cuando te mandé recogerlo, diciendo casi abiertamente que lo habían roto ellos mismos? –preguntó, demostrando grandes dotes investigativas.
–Así es –asentó Juan, recordando al dueño de la finca llevarse furtivamente el instrumento con el que, con toda seguridad, se habría cortado el candado.
– ¿Y no te acuerdas cuando te dije que cogieras la piedra con la que habían roto el cristal de la casa? ¿Acaso no fue el dueño quien nos dijo que esa piedra había sido usada para romper el cristal? ¿Es posible que alguien rompa un cristal con una piedra y tanto la piedra como los cristales aparezcan fuera de la casa en vez de dentro? ¿Quién entra en una casa y rompe un cristal de dentro hacia afuera?
–Vale, vale, no me digas más, entiendo –culminó Juan.
–Pues te voy a decir más; si llego a saber que era esta gente, ¡es que ni vengo, vamos!
–Ya, ahora lo comprendo todo –respondió el joven guardia, reconociendo haber sido engañado por los denunciantes y no haberse dado cuenta de las cosas que, con gran perspicacia, había visto su compañero.
Dicho esto, ambos volvieron al cuartel habiendo llegado a la misma conclusión: «Hay cosas que a los jóvenes y crédulos guardias no enseñan en la Academia». He aquí un ejemplo.
Por su parte, el alumno, habiendo caído en la cuenta de su error, comprendió con este hecho el largo camino que aún le quedaba por recorrer y las muchas cosas que le restan por aprender.
En fin, una experiencia más vivida y una anécdota más para contar.

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Fuente-Texto: © Beneméritas Anécdotas/ Germán Vaquero
Fuente-Foto: © Beneméritas Anécdotas/ Germán Vaquero

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